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La fructosa, la fruta y la obesidad: íntimamente relacionadas

25691379_m-300x200Desde el Paleolítico, el ser humano ha desarrollado un peculiar mecanismo de defensa: la percepción de un sabor dulce lleva al hombre a buscar más alimentos azucarados para aprovisionarse porque en aquella época, las oportunidades de encontrar paneles de miel o un árbol lleno de fruta madura era más difícil.

Hoy día no es así, la obesidad y las enfermedades metabólicas se están convirtiendo en la primera causa de muerte en el mundo occidental. Afortunadamente, contamos con los instrumentos necesarios para evitar que ese mensaje de aprovisionamiento se active, lo que ha arrojado una nueva luz sobre los hábitos alimentarios.

Sabemos que la glucosa, la sacarosa (el azúcar más común) e incluso los edulcorantes artificiales son inductores del aumento de peso, no por las calorías que contienen sino por el tipo de señales que envían al organismo.

La industria alimentaria no colabora en la búsqueda de soluciones saludables. La realidad es que en los últimos años la cantidad de azúcar y sal en los productos “supuestamente saludables”, como los cereales para el desayuno, ha aumentado sin razón alguna, simplemente con el fin de crear una adicción y así aumentar sus ventas.

El peor efecto deriva del hábito, altamente difundido en EE.UU pero también presente en el resto del mundo, de añadir grandes cantidades de fructosa entre los ingredientes, el cual viene del sirope de maíz (HFCS, por sus siglas en inglés ) usado como edulcorante en prácticamente todos los productos industriales.

Probablemente, esta conducta se inicia desde la comprensión errónea del índice glucémico (IG; que calcula el incremento de glucemia después de la ingestión de alimentos), sin tener en cuenta el aumento de ácidos grasos (triglicéridos) causado por este ingrediente, o si desencadena inflamación del hígado.  Por ejemplo, el vino tinto o cualquier otro tipo, muestra un IG muy bajo, pero no quiere decir que no induzcan ganancia de peso.

La fructosa actúa de la misma manera como afirman numerosos artículos científicos demostrando este concepto y poniendo en alerta a la población. La fructosa tiene un efecto dañino como edulcorante y no al comer fruta fresca (que también contiene fructosa). Las acciones antitumorales y anti-adipogénicos de la fruta fresca han sido demostradas por todos los medios. Si la fruta es desprovista de su fibra (como en los zumos) o las conservas preparadas con fructosa, sí se puede desarrollar obesidad, siempre que exista una cierta tendencia personal.

Cuando la fructosa se utiliza como edulcorante los daños en la salud son innegables:
– Aumento de la resistencia a la insulina y desarrollo de diabetes, obesidad y trastornos metabólicos (Sartorelli DS et al, Nutr Metab Cardiovasc Dis. 2009 Feb;19(2):77-83. doi: 10.1016/j.numecd.2008.04.004. Epub 2008 Aug 3).
– Inducción de la obesidad y deterioro cognitivo, trastornos que pueden ser mejorados, al menos en parte, por el consumo de Omega 3 (presente en el aceite de pescado y el aceite de Perilla ), que ha demostrado tener un efecto protector (Lakhan SE et al, Nutr J. 2013 Aug 8;12:114. doi: 10.1186/1475-2891-12-114).
– Posible desencadenante de obesidad cuando es consumido durante las primeras etapas del embarazo (Goran MI et al, Nat Rev Endocrinol. 2013 Aug;9(8):494-500. doi: 10.1038/nrendo.2013.108. Epub 2013 Jun 4)

En resumen, los problemas provocados por la “industria del dulce” es muy devastadora. Estamos a la espera de más pruebas científicas.

En los últimos años ha habido un aumento en las reacciones metabólicas a la fruta. La población está habituada a comer alimentos dulces anunciados como “saludables” que contienen fructosa, muestran síntomas a una reacción hacia la fructosa y a cualquier alimento similar (como ocurre en todos los casos de inflamación alimentaria), y por lo tanto a todas las frutas frescas.

En BioMarkers, ayudamos a pacientes con problemas de sobrepeso mediante terapias específicas basadas en pautas nutricionales individualizadas. Somos cada vez más conscientes del hecho de que las respuestas inflamatorias relacionadas con los alimentos y la inducción de la obesidad dependen de las características individuales de la sensibilidad a la insulina y del perfil dietético.  Es posible escapar de esta plaga de obesidad mediante buenos hábitos dietéticos: no contar las calorías o no utilizar los valores de IG, realizar dietas personalizadas capaces de estudiar más al individuo y menos las características generales de los alimentos.