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¿Por qué el dolor puede ser el comienzo de una enfermedad?

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Muchas enfermedades aparecen tras un dolor físico o emocional, tras una intensificación de la acción inflamatoria. Hoy en día, nuevas teorías nos ayudan a entender el por qué.

En la clínica, se hace evidente que el origen de las enfermedades o la aparición de molestias son tras un evento emocional, físico o psicológico. Tal relación ha sido ampliamente descrita por el premio Nobel de 1986 Rita Levi Montalcini (y anteriormente por mi padre, Luigi Oreste) a través de la acción desempeñada por NGF (Factor de Crecimiento Nervioso, por sus siglas en inglés). Sin embargo, no explica de manera efectiva cuáles son los mecanismos implicados en la secuencia del dolor/ enfermedad.

Cuando en nuestro centro en Milán tratamos reacciones relacionadas con la alimentación, explicamos a nuestros pacientes cómo la cirugía, así como una ruptura o un duelo son capaces de activar respuestas reactivas hacia la comida o al polen, además de desencadenar una cascada de reacciones que conducen a condiciones con un gran impacto clínico como enfermedades autoinmunes, artritis y cáncer.

La explicación de este fenómeno está basado en teorías evolutivas.

Por ejemplo, los caballos y otras especies se comportan de una manera incomprensible cuando se ven atrapados o  hay un obstáculo en su camino.

El caso de los caballos esquivando una valla, seguido de una galopada, puede estar relacionado con algún tipo de memoria defensiva desarrollada, años atrás, por el animal cuando en una ocasión apareció un conejo en la misma valla, ocasionando una caída y dolor al animal.

Simples razones evolutivas pueden explicar esto, cada vez que el caballo pasa galopando cerca de ese obstáculo en particular, cambia de dirección. El caballo vincula mentalmente el cercado con un evento traumático; por tanto, instintivamente se ve obligado a evitarlo cuando se acerca a él.

Un ejemplo más dramático puede ser el caso de una joven mujer asaltada y golpeada en su camino a casa. Tras los primeros momentos de pánico y dolor, una vez recuperada de sus heridas, se sentirá tensa y aparecerán sentimientos cada vez que pase por esa esquina o calle.

Es obvio que la calle no le ha hecho ningún daño a ella, ya que siempre ha estado ahí, inmóvil desde que fue construida.

Es fácil entender las razones evolutivas que nos llevan a identificar el entorno como el posible “culpable”: si experimentamos dolor, sufrimiento o violencia, nuestro cuerpo analiza cuidadosamente el entorno donde ocurrió. “Entorno” es considerado no solo la calle, también el aire respirado y la comida ingerida unas horas antes.

Una vez que un peligro ha sido identificado e interiorizado, el cuerpo humano intentará por todos los medios evitar ese entorno reconocido como causa de sufrimiento, y enviará señales (hinchazón abdominal, estornudos, dolor en las articulaciones, asma, urticaria, picores) para marcar el contacto con el entorno previamente identificado como peligroso. El mismo mecanismo se desencadena en una operación quirúrgica, un trauma emocional o un cambio radical (bullying, embarazo, despido, matrimonio, divorcio, nuevas tareas…).

Hoy día, el dolor y la angustia emocional son evaluados en términos de citoquinas inflamatorias y señales internas de peligro.

Cuando nuestro cuerpo inspecciona el ambiente intestinal, crea (por ejemplo) una correlación entre un tipo particular de dolor y la presencia de pan y queso en el intestino.

Los días siguientes, cuando al sufrimiento generado en esa situación negativa específica y el pan y el queso siguen en el intestino, el cuerpo reconoce esa presencia como una posible causa activa de sufrimiento. De esta manera, los componentes del pan y el queso (levadura, leche, trigo y sal) son identificados como peligrosos y el organismo enviará señales inflamatorias e irritantes tras la ingesta de estos productos, en un intento de prevenir el dolor sufrido.

En los últimos años, nos hemos dado cuenta que este tipo de reactividad (aplicable también al polen, moho y ácaros) genera la producción de citoquinas muy específicas, generando reacciones potencialmente dañinas para el cuerpo.

Este tipo de fenómenos comienzan a partir de un evento inflamatorio (BAFF y PAF sirven como medida) que pueden conducir a enfermedades autoinmunes así como a un desequilibrio inmunológico en la defensa antitumoral. Para curarse, se debe recuperar la tolerancia inmunológica hacia los alimentos, polen y todo el entorno que lo rodea.

Las pruebas de diagnóstico tales como BioMarkers analizan tanto los niveles inflamatorios como el perfil personal alimentario, que representan dos parámetros correlacionados en estas situaciones. Entendiendo el significado de estos resultados, el paciente puede ser guiado hacia el camino de la tolerancia.

En el ejemplo anterior, la mujer puede aprender a caminar por la calle donde la agresión ocurrió entendiendo que la calle en sí es irrelevante para el dolor sufrido; del mismo modo, la relación con los alimentos que desencadenan la inflamación puede ser gradualmente entrenada mediante una dieta variada, rica, agradable y saludable.

Una vez más, la correlación entre nutrición, sistema inmune y entorno se confirma como una de las variables esenciales para la vida de cualquier organismo. Dicha relación define la supervivencia y la calidad de la vida.

Entender nuestro cuerpo abre nuevas vías para la recuperación del bienestar y la curación de muchas de las enfermedades más comunes.